lunes, 13 de mayo de 2013

LA MAGIA DEL MOMENTO



Esa tarde fueron a la playa tomados de la mano. Era el primer día de Natalia en esa hermosa ciudad, en el mundo de él, completamente nuevo para ella. Luego de descubrirle el sabor de su tierra a través de los mates que le convidó, pasearon por horas mirando tiendas de artesanos, leyendo los nombres de personalidades famosas grabados en la senda peatonal, sacándose fotos, mirando a los niños jugar en la arena.
Compraron unas pulseras de hilo y cuentas, y él le pidió que las guardara para el momento de la cena. Hablaron y rieron, siempre tomados de la mano, transmitiéndose la hermosa y extraña sensación de conocerse de antes.

― ¿Soy como imaginabas? ― preguntó Natalia.

― Bueno… solo podría decirte que… personalmente sales ganando ― respondió él, esquivamente. Pero la miraba a hurtadillas, la miraba todo el tiempo, sin dejar traslucir sus pensamientos. Y ella, tímida, disfrutaba del hechizo de su mirada y de su compañía, renovando las emociones de su alma.

Más tarde se prepararon para salir a cenar. El restaurante italiano que estaba a pocos metros de su casa los envolvía con su ambiente cálido y romántico. Él bromeaba continuamente queriendo robar sus “bellas sonrisas”. Ordenaron la comida: Ensalada Capresse y Tortellini Panna, Prosciutto e Funghi, regada con un exquisito Lambrusco.

Antes de brindar por el encuentro, él recordó las pulseras que Natalia guardaba en el bolso, y minutos después, las ataban con varios nudos en sus muñecas, como una especie de pacto no pronunciado.

― Por tu bendita locura ― dijo él, alzando su copa.

― Por nosotros ― dijo ella, y bebieron.

Se podrá quizás culpar al vino, o tal vez fue la magia del momento, corolario de un día perfecto. Él y su cordialidad, su respeto, su alegría, sus miradas profundas, la animaron a darle un beso tímido en los labios. Y después de eso, ya nada fue igual. No recordaron después si el postre había sido pannacotta o helado, que compartieron del mismo plato, ya no importaba porque ambos habían perdido el apetito. Una constelación de sueños guardados comenzó a hacerse realidad y parecía que el mundo conspiraba para que ello sucediera.

El contacto esperado se había dado lugar y ninguno de los dos quiso permanecer ajeno a él. Entre plato y plato se besaban con pasión, sin importarles que estuvieran en un lugar público, y tanto Massimo –el dueño- como la camarera, los espiaban con miradas cómplices.

Fue el preludio de una noche mágica, un borbotón de fuego interno que los quemaba hasta dejarlos sin respiración. Durante el camino de regreso interrumpían los pasos para besarse una vez más. La acera fue testigo, el ascensor… el pasillo de acceso al departamento, todos fueron testigos mudos de esa lava ardiente que los acercaba cada minuto un poco más.

― Creo que… algo más pasará ― susurró él, como pidiéndole permiso. Y esa mirada, mezcla de excitación, amor y temor, la desarmó del todo.

― Te quiero ― respondió Natalia. 


El milagro se había iniciado… fue una concreción de anhelos largamente soñados, de los que, en definitiva, no había tenido culpa el vino.